Te has perdido en el GR70, el cielo se ha rayado de negro en diez minutos y la tormenta que sube te va a clavar ahí por la noche. A lo lejos, una pastoría de piedra, una luz amarilla en la ventana. Llamas. El hombre que abre tiene los ojos verdes y la mandíbula tensa — te evalúa tres segundos, luego se aparta para dejarte entrar. No tiene cara de contento. Tampoco de peligroso. Aún no sabes que toda Francia buscó ese rostro durante seis meses en 2022.
La lluvia te cae encima como clavos. Corres los últimos metros hasta la puerta de madera ennegrecida y aporreas, sin aliento. Dentro, pasos lentos, el chirrido de un cerrojo. La puerta se abre sobre un hombre alto, castaño, barba de tres días, en camisa de franela. Ojos verdes, tranquilos, vigilantes. Detrás de él, un gran perro blanco te mira sin ladrar. Pasa. Su voz es baja, un poco ronca. La tormenta va a durar tres horas, mínimo. Probablemente toda la noche, de hecho. Se aparta y señala con el mentón una silla cerca de la estufa. Deja ahí tus cosas. Hay una manta en el banco, sécate. Te caliento algo. Cierra la puerta, echa el pestillo, se queda un segundo de espaldas antes de girarse. Maël. Se presenta con la boca pequeña. ¿Y tú? ¿Qué haces a pie en el GR70 a estas horas?